martes, 9 de septiembre de 2008

EL ÚLTIMO TREN

Es una mañana de finales del mes de julio fresca y transparente. De madrugada la tormenta ha roto la burbuja de calor insoportable que envolvía la ciudad y ha dejado la atmósfera increíblemente limpia y una humedad fresca en el aire, los árboles y hasta en el asfalto.
Es un rincón bajo los porches de la plaza, muy cerca de la librería que las ha puesto en contacto. Allí, dos mujeres, una periodista que llegó ayer desde París y una escritora de esta ciudad, conversan sentadas en una terraza.
La periodista se ha desplazado hasta aquí porque siente auténtica curiosidad por conocer a esta escritora. Le sorprende esa transparencia que parece tener para ella el alma humana y esa sencillez con que capta y describe el mundo femenino.
- No quiero hacer una entrevista formal –dice la francesa-, háblame de qué es para ti ser
escritora; cuales son tus temas recurrentes; cuéntame lo que quieras de tu vida. No voy a hacer preguntas.
- ¿Qué es ser escritor? No me resulta tan fácil definirlo. En mi caso está profundamente
ligado a la historia de mi vida. Seguramente esto nos sucede en mayor o menor medida a todos los escritores.
- ¡Adelante! ¿Cómo ha sido para ti?

Nací en un pueblo de Aragón; un pueblo pequeño. En la época en que en las casas se criaban gallinas y no había cuartos de baño ni ducha. Solo retretes.
Viví allí durante cinco años, me atrevería a decir, los más felices de mi vida. También me atrevería a decir que de estos años, he recogido la savia que me ha ayudado a vivir el resto.
Si alguna vez he sentido lo que es ser libre, fue allí.
Nací sola -y riendo añade- con mi madre, es obvio-. En una ocasión, un chaman me dijo
que esta era la mejor forma de nacer –todo más con la presencia de la abuela materna-, pues así se realizaba limpiamente la transmisión de Poder. ¿Curioso, verdad?
A partir de este quinto año, mi vida ya no fue tan fácil. La emigración a esta ciudad en los años cincuenta; un colegio de monjas que en nada tenía que envidiar a los orfanatos tan bien descritos por Dickens -no exagero demasiado, créeme-; un piso pequeño y... ya no había calles y campos para correr y jugar. Ya la libertad se había esfumado, en mi casa y fuera de ella, en el espacio social. Fui consciente muy pronto.
Comencé a trabajar muy joven, a los quince años. Mi primer trabajo fue en un mercado.
He sido autodidacta casi en todo, hasta en los estudios. Porque, los consejos de mi madre no me servían para la época que me había tocado vivir; porque solo se me permitió estudiar hasta los catorce años y ¡porque me daba la gana!
Hice el bachiller por mi cuenta, pagándome las clases de latín y griego, las únicas a las que asistía, con los ingresos del mercado y más tarde, Historia. No acabé la carrera.
Con estas perspectivas tan poco halagüeñas -que yo sentía me asfixiaban- a los diecinueve años arremetí contra la dictadura con todas las fuerzas que fui capaz de generar o imaginar.
De la Iglesia... simplemente me aparté cuanto pude. Mi primera experiencia tuvo lugar cuando era todavía un ser demasiado tierno, y solo me quedaron fuerzas para ignorarla.
No me quejo, en absoluto, podía haber nacido al otro lado del Estrecho.
Además, en mi casa de adolescente había libros; muchos. No en todas los había.

La mujer que está contando su vida calla un momento y pierde la mirada más allá del espacio sombreado de los porches, hacia un lugar indeterminado de la plaza. Luego mira de nuevo a la periodista y le dice: -Pero si he de hablarte de mí como escritora, tengo que hablarte de ellos. Mi abuelo, y sus dos hijas: Mi madre y mi tía. Ellos y la vida que sus curiosas relaciones fueron trenzando, me han determinado tanto como esos años vividos en el pueblo y mi llegada a Zaragoza. Es una historia difícil de contar, porque se pierde en la nebulosa de los recuerdos infantiles. Relativamente claros y reales, los de mi madre; perdidos en la fantasía de la locura, los de mi tía.
Pero quizá estoy hablando demasiado y quieras preguntar algo o llevar la conversación a otros aspectos.
- No. Por favor continúa; es muy interesante.
Cuando mi madre tenía cinco años, mis abuelos, -que se querían mucho según dice
ella- vivieron su primera crisis matrimonial. No sé si a raíz de esta crisis o fue su causa, mi abuelo conoció a una jovencísima chica francesa que quedó embarazada. Antes de parir, hacia finales del increíble mes de julio de 1936, la envió junto a su familia que vivía cerca de París, en el campo. Allí nació mi peculiar tía, de madre francesa y padre español.
Nunca se desentendió de ellas, e hizo varios intentos de traerlas a España, sobretodo a su hija, cuando ya podía viajar sola. Les envió dinero y una carta casi todos los meses –hay en casa unas cien que mi tía guarda como un tesoro-. Pero nunca fue a verlas. Dice ella que por cuestiones políticas.
Nosotras abandonamos el pueblo donde nací en el año cincuenta y ocho y como tantos otros llegamos a la ciudad.
Y saliendo del recuerdo hace un paréntesis escueto: -Ya te he hablado de esta parte de mi vida que me encerró en una jaula sin luz y sin libertad y que me hizo enfermar de tristeza –esto último no lo había comentado. No suelo hablar de ello-. Y continúa.
Al año siguiente cuando murió mi abuelo, mi madre y yo fuimos a buscarla a Francia. Era el anhelo del padre reunir a sus hijas y recoger a aquella que sabía perdida en todos los
sentidos. Las tres comenzamos juntas una nueva etapa de nuestras vidas que si en lo externo seguía los parámetros de la época –emigración desde el medio rural, trabajo en una de las fábricas que el incipiente desarrollo industrial propiciaba etc.-, en lo particular rompía las normas establecidas –madre soltera que mantiene una familia, niña triste y hermana loca y, además, francesa.-. Esto, socialmente, tenía un precio que mi madre pagó con una dignidad y templanza de ánimo, como ya no se conoce en estos tiempos.
Ignoro cuales fueron los pensamientos de mi madre cuando fue consciente de que a partir de ese momento tenía dos criaturas a su cargo. Nunca la he oído quejarse. Mi madre trabajaba diez horas diarias y yo pasaba prácticamente el día con su hermana.
Para mí, ella, fue a la vez Peter Pan y Campanilla y la niña perdida. ¡Tienes que conocerla

EL ÚLTIMO TREN [Parte II]

Como volviendo a la realidad de la plaza y su interlocutora, mirándola con intensidad a los ojos, dice: -Porque... si bien tengo clara conciencia de hasta que punto esta mujer ha influido en mi capacidad para crear historias, me resulta muy difícil describirla. ¡Tienes que conocerla!
Las dos mujeres pagan su cuenta, se acercan un momento a despedirse de Paco el amigo librero y se dirigen paseando por Fernando el Católico y Gran Vía, hacia Plaza de Aragón.
- Mira -dice la escritora- cuando mi tía me traía por aquí a jugar, esta plaza no era de
asfalto, era de tierra toda ajardinada y cerrada por una verja. La rodeaban edificios elegantes, como los de esa parte –señala el lado de la Capitanía General-. Mi tía la llamaba Plaza Vandom.
La periodista ríe y le pide: -Cuéntame que otras cosas hacías con ella.
- Neutralizar extraterrestres. Era uno de nuestros juegos favoritos. Hay toda una zona a
la derecha de esta plaza, las calles que se prolongan hasta el Camino de las Torres, que se edificaron en aquellos años. Y prácticamente se ocupó por los americanos que llegaban a la Base. Los niños esperaban en las esquinas el autobús que los llevaba allí, a diario, al cole. Mientras jugaban, ponían sus maletines en fila. Nosotras pegábamos en los maletines una bolita de chicle que tenía dentro algo que no recuerdo. No veas que corridas y que risas. Ya nos conocían y acabó convirtiéndose en un juego. Tengo que decir que con sus zapatos de colores y sus impermeables de plástico transparente y aquella jerga que hablaban, eran para nosotros auténticos extraterrestres. No creo que si en el 2007 llegasen a esta Base Aérea seres de otro planeta, creasen mas expectación ni nos resultasen más extraños.
La periodista se parte de la risa.
- ¿Te ríes? Lo digo totalmente convencida. No sabes como era la España de los años
cincuenta.
- Y ¿De donde sacó tu tía en aquella época la idea de los extraterrestres?
- Dice que soñaba con ellos y supo que eran como embriones de futuros peligros para el
mundo. No había que hacerles daño pero debían ser neutralizados. Ten en cuenta que dichos embriones, tienen ahora entre cincuenta y sesenta años; que han podido ser militares como sus padres y algunos, posiblemente, aviadores.
La periodista abre mucho los ojos, suelta un taco en francés y dice: -¡Tengo que conocerla!
Han recorrido ya la calle Alfonso I y entrado en una de sus últimas transversales a la derecha.
En el patio, antes de acometer la escalera sin ascensor -de un tercer piso con su entresuelo y principal y sus asientos de rincón para los cardiacos-, la periodista cogiéndola del brazo en un gesto afectuoso, pregunta: -¿Te leía cuentos?
- ¡¿Cuentos?! ¡Auténticos novelones! No tendría más de diez años cuando leímos Crimen
y castigo. Entre los trece y los quince, leí toda la novela del XIX, española y extranjera. ¡Toda!
- Y ¿Esa historia del chamán?
- Es cierta. Cuando tenía yo catorce años viajamos juntas a Madrid en teoría para asistir a
un homenaje que se daba a un amigo de mi abuelo, un exiliado que regresaba de Méjico. Pero... como la supuesta dirección de la familia de este señor en Madrid, mi tía la sacó de una carta de su padre de veinte años atrás, evidentemente no localizamos a nadie. Sentadas en el bar más cercano junto a la cristalera, de pronto la tía dijo señalando a la calle: “Esos son mejicanos”. Y lo eran.
La pareja de mejicanos después de escucharla un buen rato boquiabiertos sin rechistar le dijeron: “Pues quizá sí, señora. Seguramente nosotros podamos darle la dirección de un viejito que recién llegó de Méjico”. Y así, acabamos en las mágicas garras del chamán.
La periodista se ha parado, tiene la mano y la frente apoyadas en la barandilla. El cansancio y la risa le hacen flaquear las piernas. –Esta casa tiene años, y escaleras, y cosas que contar –dice.
- Ya llegamos. Esta casa es herencia de mi abuelo. Él vivió siempre en Zaragoza pero la
abuela y mi madre fueron al pueblo durante la guerra y la yaya no volvió.–Y mientras introduce la llave en la cerradura continúa: Mi madre desde los trece años vivió aquí con su padre, hizo el bachillerato y estudió Magisterio; trabajó en una imprenta como correctora y al quedar
embarazada, inevitablemente, regresó al pueblo con su madre.
Pero esta casa ha sido el reino de mi tía desde que tomó posesión de ella.
Nada más entrar en el piso la periodista percibe un cierto toque entre viejo y antiguo, entre pobre y elegante que le llama la atención. Esa sala a la que le han hecho pasar con sus baldosas viejísimas pero increíblemente pulcras y brillantes; las paredes llenas de libros hasta el techo; el mirador con su mesita y el orejero y una alfombra “de verdad” -tan de verdad y tan desgastada que parece un resto del Imperio Otomano- le sorprenden y le recuerdan algo: “Sí; algunos pisos de personas mayores en París” –piensa. Pero le cuesta encajar el aspecto de lo que ha visto hasta el momento con la historia de la emigración y la propia personalidad de la escritora. Y ahí está en su observación y valoraciones cuando aparece en la puerta una mujer de unos setenta años, esbelta, elegante con su pelo blanco peinado con tanto esmero que parece esculpido; una falda negra de plisado muy fino hasta bastante mas debajo de la rodilla y una camisa blanca también plisada en cuello y puños; se acompaña de un chal de ganchillo llevado sobre los hombros con mucha gracia y elegancia. Lleva, además, en la mano izquierda, un bastón que no necesita para caminar.
La mujer le tiende la mano a la periodista y a modo de saludo le dice en francés: “ Señora, ante todo expresarle que es un honor para mí, recibirla en mi casa. Siéntese, si es tan amable.”
La sobrina intercambia rápidamente una mirada cómplice con la periodista y dejándolas sentadas frente a frente, se retira hacia la ventana, a la mesita –la sala tiene muy poca luz- y abre una revista.
- Me dice mi sobrina que quiere que le hable de mi vida.
- Me encantaría. Si no es molestia para usted.
- ¿Cómo empezar? –dice entornando los ojos y elevando un poquito los hombros en un
gesto entre soñador e infantil. Respira; calla...

EL ÚLTIMO TREN [Parte III]

Nací en París en 1936. Mi padre, español y republicano, culto, inteligente y, por tanto, con una amplia visión d el mundo, decidió que yo debía nacer en París. La capital de la cultura.
Así que envió a mi madre embarazada, a casa de su familia que, no vivían exactamente en la
ciudad, pero sí en sus alrededores.
Él, no nos acompañó. Obligaciones con su país, le forzaron a quedarse.
Me atrevería a decir, que mis primeros años, los que viví allí, fueron los más hermosos de mi vida. Tanto, que cuando llega la tristeza, recordarlos y hacer como que soy otra vez niña, la hace evaporarse.
No he vuelto. Los trenes me dan miedo. Manías –dice acompañándose de un gesto de la mano.
Cuando tenía tres años, mi madre y yo, nos trasladamos a vivir al corazón mismo de París. Recuerdo aquella fachada rosada, perfilada de grises suaves; los tejados oscuros con sus buhardilla; en el interior, el vestíbulo y las escaleras de mármol, y al fondo, aquel armazón forjado en hierro, envolviendo el ascensor. Todo ¡Tan exquisito! ¡Tan elegante!
Mamá y yo, no usábamos el ascensor, porque nuestro pisito estaba en la parte baja, es decir, en ese tramo de escalera que desciende desde el vestíbulo hacia el sótano.
Mamá tenía muy buena relación con todos los vecinos, personas importantes. Guardaba sus llaves, sus cartas. Ella siempre fue muy amable.
Papá anunciaba una y otra vez que en algún momento se reuniría con nosotras. Cada carta, nos hacía correr escaleras abajo y sentarnos junto a la lamparita. Mamá las leía con la respiración entrecortada. Al terminar se quedaba callada, muy quieta. Yo preguntaba: “¡¿Cuándo viene?!”. Ella respondía: “Pronto”.
Luego, en el año 1942 mi padre nos pidió que bajásemos cuanto antes hacia el sur, a Burdeos. Era una carta poco cariñosa, muy escueta. Nos daba órdenes muy claras y nada más. Decía que llegásemos a Burdeos, cuanto antes, por nuestros propios medios y allí ya recibiríamos ayuda y se nos indicaría si debíamos continuar dentro de la zona ocupada hasta Bayona o nos conducirían a Toulouse. Pero no decía nada de que él fuera a estar allí esperándonos.
Mamá estaba indecisa y un poco asustada.
L’oncle Françoise -el tío de mi madre en cuya casa nací- que venía a visitarnos y traía una barquilla de hortalizas, también estaba empeñado en que nos fuéramos.“Que con los alemanes allí en cualquier momento tendríamos que salir corriendo; que después de todo aquel no era nuestro hogar; que no había que engañarse, eran los dueños”.
Yo llegué a la conclusión de que los alemanes eran los propietarios de aquella casa y que
acabarían instalándose en ella y echándonos. Un día mamá me llevó al patio y desde la puerta entreabierta los vimos llegar. Yo estaba entre emocionada y asustada. Pero pasaron de
largo; no pararon. Yo decía: “salgamos a la calle” y mamá decía: “No, no es correcto”.
En sus coches descubiertos, tengo que decir que me parecieron, guapos y elegantes. Mas que los franceses.
Creo que lo que decidió a mamá fue la escena terrible de aquella familia, tan discreta y educada –nunca me aprendí su apellido, eran polacos-, saliendo a empujones; los niños llorando y el padre -aquel señor siempre elegante con su traje negro impecable- estaba pálido como un cadáver. Recuerdo como le temblaban las manos cuando le entregó las llaves de su casa a mamá. No le dio ninguna norma como hacía en otras ocasiones cuando toda la familia se iba de vacaciones. Le dijo: ”Rece por nosotros”. ¡Aquel hombre tenía miedo!
Ha cambiado la forma de expresarse. De ese tono alegre y aniñado de contar ha pasado a un tono ensimismado y hay un punto de angustia en la forma de fijar la mirada y alisarse la falda una y otra vez.
Porque..., sí, finalmente, viajamos a Burdeos. Allí en la estación encontramos a personas conocidas; unos iban y otros venían de España. Era emocionante y divertido. Se conocían; se abrazaban. Todo con un cierto disimulo, haciendo como que eran familia, pero en realidad eran gentes que iban en una u otra dirección o como nosotras, tratando de reunirse con los suyos. Pero el hecho de tener noticias, o saber que ya estaban cerca nos llenaba a todos de emoción.
Mamá estaba feliz. ¡Y tan hermosa! Tenía entonces veintinueve años. Yo... no puedo expresar lo que sentía. Iba por fin a ver a papá.
Pero sucedió algo desagradable. Muy desagradable –dice bajando el rostro, frotándose las
palmas de las manos sobre los muslos y olvidándose de la periodista-. Alguien le dijo, que no
podía reunirse con mi padre. Que estaba en la cárcel.
Nos entregó unos documentos, billetes de tren y dinero; se disculpó porque no era mucho

-pero... es, que, había otra esposa y otra hija a las que mantener, dijo –y baja mucho la voz
mientras cuenta esto último.
Ya nunca subimos al tren ni cruzamos la frontera –continúa todavía más ensimismada.
Mamá se sentó y así se quedó tiempo y tiempo sin moverse. Recuerdo a una mujer que insistía una y otra vez: “¡Madame, por favor! ¡Que este es seguramente el último tren!”.
Yo le decía: “¡Mamá vámonos!”. Y ella contestaba: “No”.
Así permanecimos durante cinco días en la estación de Burdeos.
Yo durmiendo acurrucada encima de la maleta, tapada con su abrigo. Ella sentada inmóvil, con la mirada fija sin mirar a ninguna parte. –Tiene en el rostro una expresión de perplejidad, como si fuese la primera vez que reconociese esos hechos-. No sé a qué, pero tuve mucho miedo –calla unos segundos y sale hacia la realidad de la habitación y la periodista-. Mamá nunca fue ya la misma. Siempre como perdida en un a estación. Yo, como dice mi sobrina, sin acabar de subirme al tren de la vida.-y se ríe.
En el rostro de la periodista se deja ver la fuerte impresión que le causa lo que está escuchando. A la vez le sorprende la lucidez y la conciencia tan clara que la mujer tiene de lo que sucedió y sus consecuencias. Cruza una mirada con la sobrina en la que afirma más que pregunta: “No está tan loca”.
Papá quiso venir a vernos. Mi madre se negó.
Él me pidió una y otra vez que viajara a España. Pero, ese pánico mío a los trenes y las estaciones. Manías.

EL ÚLTIMO TREN [Parte IV]

Bueno, también me dio una hermana y una sobrina –dice sonriendo y mirando a la escritora con ternura. Vino a Francia a buscarme con su niñita y la última carta de papá. Cuando las vi salir de la estación –yo no entro a las estaciones; las esperaba en la puerta- creí ver a mamá conmigo de la mano. Fue algo tan, tan emocionante, que supe que ya no me separaría de mí
Hermana. Ella, siempre ha sido valiente. Se atrevió a coger el tren, sola, con su hija y cruzar la frontera.
Ella tenía a su hija. Yo no tenía a nadie.
Gracias papá. Pero me duele tanto, no haberte conocido
Habla para sí; ensimismada y olvidando la presencia de las otras; casi llorando. Luego se levanta con mucha cautela y se acerca a un cesto de donde saca una muñeca y abrazándola se acurruca en el sofá. Acaricia el pelo de la muñeca y le dice cositas al oído susurrando: “No tengas miedo; no tengas miedo; no tengas miedo; no tengas...”
La escritora se mueve hasta el sofá, la abraza, le besa la frente y acaricia el pelo; tal como la
mujer hace con la muñeca.-Podemos hablar –dice- no nos oye.
- Es muy sorprendente como pasa de la lucidez a esto. ¿No le daba miedo a tu madre
dejarte a su cargo?
- En primer lugar no tenía muchas más posibilidades y yo ya no era un bebé.
Además, ella me cuidaba con esmero y mucho cariño.
Quedan las tres en un silencio íntimo y respetuoso. La periodista comienza a hablar en un tono muy bajo.
- Tenía mucho interés por conocerte; saber quien y que había detrás de tus historias de
mujeres. Estoy muy satisfecha de haber venido. Va a ser para mí todo un desafío contar vuestra historia, casi épica, pero que no tiene sentido si no se es capaz de ir más allá de los sucesos.
- Hace un rato me preguntabas ¿Qué es ser escritor?
Se trata de esto. Ser testigo de un momento en la historia de un ser humano -que inevitablemente será parte de la historia de un Pueblo-, recrearlo y contarlo.
Si puede ser, con ternura.
Otros segundos de silencio casi sagrado y la periodista pregunta: - ¿Crees que si la invito a venir a París vendrá?
De pronto, la mujer, vuelve de ese lugar desconocido donde se ha recluido con su muñeca, se yergue y levantando la mano y el índice, comienza a hablar con lentitud. Dice: -En una ocasión, un chamán me dijo que debía regresar a mis orígenes para borrar mi historia.
Calla, mira largamente a la periodista y continúa: -Señora, voy a volver con usted a París porque, seguramente “este sea el último tren”.

 
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