Es una mañana de finales del mes de julio fresca y transparente. De madrugada la tormenta ha roto la burbuja de calor insoportable que envolvía la ciudad y ha dejado la atmósfera increíblemente limpia y una humedad fresca en el aire, los árboles y hasta en el asfalto.
Es un rincón bajo los porches de la plaza, muy cerca de la librería que las ha puesto en contacto. Allí, dos mujeres, una periodista que llegó ayer desde París y una escritora de esta ciudad, conversan sentadas en una terraza.
La periodista se ha desplazado hasta aquí porque siente auténtica curiosidad por conocer a esta escritora. Le sorprende esa transparencia que parece tener para ella el alma humana y esa sencillez con que capta y describe el mundo femenino.
- No quiero hacer una entrevista formal –dice la francesa-, háblame de qué es para ti ser
escritora; cuales son tus temas recurrentes; cuéntame lo que quieras de tu vida. No voy a hacer preguntas.
- ¿Qué es ser escritor? No me resulta tan fácil definirlo. En mi caso está profundamente
ligado a la historia de mi vida. Seguramente esto nos sucede en mayor o menor medida a todos los escritores.
- ¡Adelante! ¿Cómo ha sido para ti?
Nací en un pueblo de Aragón; un pueblo pequeño. En la época en que en las casas se criaban gallinas y no había cuartos de baño ni ducha. Solo retretes.
Viví allí durante cinco años, me atrevería a decir, los más felices de mi vida. También me atrevería a decir que de estos años, he recogido la savia que me ha ayudado a vivir el resto.
Si alguna vez he sentido lo que es ser libre, fue allí.
Nací sola -y riendo añade- con mi madre, es obvio-. En una ocasión, un chaman me dijo
que esta era la mejor forma de nacer –todo más con la presencia de la abuela materna-, pues así se realizaba limpiamente la transmisión de Poder. ¿Curioso, verdad?
A partir de este quinto año, mi vida ya no fue tan fácil. La emigración a esta ciudad en los años cincuenta; un colegio de monjas que en nada tenía que envidiar a los orfanatos tan bien descritos por Dickens -no exagero demasiado, créeme-; un piso pequeño y... ya no había calles y campos para correr y jugar. Ya la libertad se había esfumado, en mi casa y fuera de ella, en el espacio social. Fui consciente muy pronto.
Comencé a trabajar muy joven, a los quince años. Mi primer trabajo fue en un mercado.
He sido autodidacta casi en todo, hasta en los estudios. Porque, los consejos de mi madre no me servían para la época que me había tocado vivir; porque solo se me permitió estudiar hasta los catorce años y ¡porque me daba la gana!
Hice el bachiller por mi cuenta, pagándome las clases de latín y griego, las únicas a las que asistía, con los ingresos del mercado y más tarde, Historia. No acabé la carrera.
Con estas perspectivas tan poco halagüeñas -que yo sentía me asfixiaban- a los diecinueve años arremetí contra la dictadura con todas las fuerzas que fui capaz de generar o imaginar.
De la Iglesia... simplemente me aparté cuanto pude. Mi primera experiencia tuvo lugar cuando era todavía un ser demasiado tierno, y solo me quedaron fuerzas para ignorarla.
No me quejo, en absoluto, podía haber nacido al otro lado del Estrecho.
Además, en mi casa de adolescente había libros; muchos. No en todas los había.
La mujer que está contando su vida calla un momento y pierde la mirada más allá del espacio sombreado de los porches, hacia un lugar indeterminado de la plaza. Luego mira de nuevo a la periodista y le dice: -Pero si he de hablarte de mí como escritora, tengo que hablarte de ellos. Mi abuelo, y sus dos hijas: Mi madre y mi tía. Ellos y la vida que sus curiosas relaciones fueron trenzando, me han determinado tanto como esos años vividos en el pueblo y mi llegada a Zaragoza. Es una historia difícil de contar, porque se pierde en la nebulosa de los recuerdos infantiles. Relativamente claros y reales, los de mi madre; perdidos en la fantasía de la locura, los de mi tía.
Pero quizá estoy hablando demasiado y quieras preguntar algo o llevar la conversación a otros aspectos.
- No. Por favor continúa; es muy interesante.
Cuando mi madre tenía cinco años, mis abuelos, -que se querían mucho según dice
ella- vivieron su primera crisis matrimonial. No sé si a raíz de esta crisis o fue su causa, mi abuelo conoció a una jovencísima chica francesa que quedó embarazada. Antes de parir, hacia finales del increíble mes de julio de 1936, la envió junto a su familia que vivía cerca de París, en el campo. Allí nació mi peculiar tía, de madre francesa y padre español.
Nunca se desentendió de ellas, e hizo varios intentos de traerlas a España, sobretodo a su hija, cuando ya podía viajar sola. Les envió dinero y una carta casi todos los meses –hay en casa unas cien que mi tía guarda como un tesoro-. Pero nunca fue a verlas. Dice ella que por cuestiones políticas.
Nosotras abandonamos el pueblo donde nací en el año cincuenta y ocho y como tantos otros llegamos a la ciudad.
Y saliendo del recuerdo hace un paréntesis escueto: -Ya te he hablado de esta parte de mi vida que me encerró en una jaula sin luz y sin libertad y que me hizo enfermar de tristeza –esto último no lo había comentado. No suelo hablar de ello-. Y continúa.
Al año siguiente cuando murió mi abuelo, mi madre y yo fuimos a buscarla a Francia. Era el anhelo del padre reunir a sus hijas y recoger a aquella que sabía perdida en todos los
sentidos. Las tres comenzamos juntas una nueva etapa de nuestras vidas que si en lo externo seguía los parámetros de la época –emigración desde el medio rural, trabajo en una de las fábricas que el incipiente desarrollo industrial propiciaba etc.-, en lo particular rompía las normas establecidas –madre soltera que mantiene una familia, niña triste y hermana loca y, además, francesa.-. Esto, socialmente, tenía un precio que mi madre pagó con una dignidad y templanza de ánimo, como ya no se conoce en estos tiempos.
Ignoro cuales fueron los pensamientos de mi madre cuando fue consciente de que a partir de ese momento tenía dos criaturas a su cargo. Nunca la he oído quejarse. Mi madre trabajaba diez horas diarias y yo pasaba prácticamente el día con su hermana.
Para mí, ella, fue a la vez Peter Pan y Campanilla y la niña perdida. ¡Tienes que conocerla
Es un rincón bajo los porches de la plaza, muy cerca de la librería que las ha puesto en contacto. Allí, dos mujeres, una periodista que llegó ayer desde París y una escritora de esta ciudad, conversan sentadas en una terraza.
La periodista se ha desplazado hasta aquí porque siente auténtica curiosidad por conocer a esta escritora. Le sorprende esa transparencia que parece tener para ella el alma humana y esa sencillez con que capta y describe el mundo femenino.
- No quiero hacer una entrevista formal –dice la francesa-, háblame de qué es para ti ser
escritora; cuales son tus temas recurrentes; cuéntame lo que quieras de tu vida. No voy a hacer preguntas.
- ¿Qué es ser escritor? No me resulta tan fácil definirlo. En mi caso está profundamente
ligado a la historia de mi vida. Seguramente esto nos sucede en mayor o menor medida a todos los escritores.
- ¡Adelante! ¿Cómo ha sido para ti?
Nací en un pueblo de Aragón; un pueblo pequeño. En la época en que en las casas se criaban gallinas y no había cuartos de baño ni ducha. Solo retretes.
Viví allí durante cinco años, me atrevería a decir, los más felices de mi vida. También me atrevería a decir que de estos años, he recogido la savia que me ha ayudado a vivir el resto.
Si alguna vez he sentido lo que es ser libre, fue allí.
Nací sola -y riendo añade- con mi madre, es obvio-. En una ocasión, un chaman me dijo
que esta era la mejor forma de nacer –todo más con la presencia de la abuela materna-, pues así se realizaba limpiamente la transmisión de Poder. ¿Curioso, verdad?
A partir de este quinto año, mi vida ya no fue tan fácil. La emigración a esta ciudad en los años cincuenta; un colegio de monjas que en nada tenía que envidiar a los orfanatos tan bien descritos por Dickens -no exagero demasiado, créeme-; un piso pequeño y... ya no había calles y campos para correr y jugar. Ya la libertad se había esfumado, en mi casa y fuera de ella, en el espacio social. Fui consciente muy pronto.
Comencé a trabajar muy joven, a los quince años. Mi primer trabajo fue en un mercado.
He sido autodidacta casi en todo, hasta en los estudios. Porque, los consejos de mi madre no me servían para la época que me había tocado vivir; porque solo se me permitió estudiar hasta los catorce años y ¡porque me daba la gana!
Hice el bachiller por mi cuenta, pagándome las clases de latín y griego, las únicas a las que asistía, con los ingresos del mercado y más tarde, Historia. No acabé la carrera.
Con estas perspectivas tan poco halagüeñas -que yo sentía me asfixiaban- a los diecinueve años arremetí contra la dictadura con todas las fuerzas que fui capaz de generar o imaginar.
De la Iglesia... simplemente me aparté cuanto pude. Mi primera experiencia tuvo lugar cuando era todavía un ser demasiado tierno, y solo me quedaron fuerzas para ignorarla.
No me quejo, en absoluto, podía haber nacido al otro lado del Estrecho.
Además, en mi casa de adolescente había libros; muchos. No en todas los había.
La mujer que está contando su vida calla un momento y pierde la mirada más allá del espacio sombreado de los porches, hacia un lugar indeterminado de la plaza. Luego mira de nuevo a la periodista y le dice: -Pero si he de hablarte de mí como escritora, tengo que hablarte de ellos. Mi abuelo, y sus dos hijas: Mi madre y mi tía. Ellos y la vida que sus curiosas relaciones fueron trenzando, me han determinado tanto como esos años vividos en el pueblo y mi llegada a Zaragoza. Es una historia difícil de contar, porque se pierde en la nebulosa de los recuerdos infantiles. Relativamente claros y reales, los de mi madre; perdidos en la fantasía de la locura, los de mi tía.
Pero quizá estoy hablando demasiado y quieras preguntar algo o llevar la conversación a otros aspectos.
- No. Por favor continúa; es muy interesante.
Cuando mi madre tenía cinco años, mis abuelos, -que se querían mucho según dice
ella- vivieron su primera crisis matrimonial. No sé si a raíz de esta crisis o fue su causa, mi abuelo conoció a una jovencísima chica francesa que quedó embarazada. Antes de parir, hacia finales del increíble mes de julio de 1936, la envió junto a su familia que vivía cerca de París, en el campo. Allí nació mi peculiar tía, de madre francesa y padre español.
Nunca se desentendió de ellas, e hizo varios intentos de traerlas a España, sobretodo a su hija, cuando ya podía viajar sola. Les envió dinero y una carta casi todos los meses –hay en casa unas cien que mi tía guarda como un tesoro-. Pero nunca fue a verlas. Dice ella que por cuestiones políticas.
Nosotras abandonamos el pueblo donde nací en el año cincuenta y ocho y como tantos otros llegamos a la ciudad.
Y saliendo del recuerdo hace un paréntesis escueto: -Ya te he hablado de esta parte de mi vida que me encerró en una jaula sin luz y sin libertad y que me hizo enfermar de tristeza –esto último no lo había comentado. No suelo hablar de ello-. Y continúa.
Al año siguiente cuando murió mi abuelo, mi madre y yo fuimos a buscarla a Francia. Era el anhelo del padre reunir a sus hijas y recoger a aquella que sabía perdida en todos los
sentidos. Las tres comenzamos juntas una nueva etapa de nuestras vidas que si en lo externo seguía los parámetros de la época –emigración desde el medio rural, trabajo en una de las fábricas que el incipiente desarrollo industrial propiciaba etc.-, en lo particular rompía las normas establecidas –madre soltera que mantiene una familia, niña triste y hermana loca y, además, francesa.-. Esto, socialmente, tenía un precio que mi madre pagó con una dignidad y templanza de ánimo, como ya no se conoce en estos tiempos.
Ignoro cuales fueron los pensamientos de mi madre cuando fue consciente de que a partir de ese momento tenía dos criaturas a su cargo. Nunca la he oído quejarse. Mi madre trabajaba diez horas diarias y yo pasaba prácticamente el día con su hermana.
Para mí, ella, fue a la vez Peter Pan y Campanilla y la niña perdida. ¡Tienes que conocerla
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