martes, 9 de septiembre de 2008

EL ÚLTIMO TREN [Parte III]

Nací en París en 1936. Mi padre, español y republicano, culto, inteligente y, por tanto, con una amplia visión d el mundo, decidió que yo debía nacer en París. La capital de la cultura.
Así que envió a mi madre embarazada, a casa de su familia que, no vivían exactamente en la
ciudad, pero sí en sus alrededores.
Él, no nos acompañó. Obligaciones con su país, le forzaron a quedarse.
Me atrevería a decir, que mis primeros años, los que viví allí, fueron los más hermosos de mi vida. Tanto, que cuando llega la tristeza, recordarlos y hacer como que soy otra vez niña, la hace evaporarse.
No he vuelto. Los trenes me dan miedo. Manías –dice acompañándose de un gesto de la mano.
Cuando tenía tres años, mi madre y yo, nos trasladamos a vivir al corazón mismo de París. Recuerdo aquella fachada rosada, perfilada de grises suaves; los tejados oscuros con sus buhardilla; en el interior, el vestíbulo y las escaleras de mármol, y al fondo, aquel armazón forjado en hierro, envolviendo el ascensor. Todo ¡Tan exquisito! ¡Tan elegante!
Mamá y yo, no usábamos el ascensor, porque nuestro pisito estaba en la parte baja, es decir, en ese tramo de escalera que desciende desde el vestíbulo hacia el sótano.
Mamá tenía muy buena relación con todos los vecinos, personas importantes. Guardaba sus llaves, sus cartas. Ella siempre fue muy amable.
Papá anunciaba una y otra vez que en algún momento se reuniría con nosotras. Cada carta, nos hacía correr escaleras abajo y sentarnos junto a la lamparita. Mamá las leía con la respiración entrecortada. Al terminar se quedaba callada, muy quieta. Yo preguntaba: “¡¿Cuándo viene?!”. Ella respondía: “Pronto”.
Luego, en el año 1942 mi padre nos pidió que bajásemos cuanto antes hacia el sur, a Burdeos. Era una carta poco cariñosa, muy escueta. Nos daba órdenes muy claras y nada más. Decía que llegásemos a Burdeos, cuanto antes, por nuestros propios medios y allí ya recibiríamos ayuda y se nos indicaría si debíamos continuar dentro de la zona ocupada hasta Bayona o nos conducirían a Toulouse. Pero no decía nada de que él fuera a estar allí esperándonos.
Mamá estaba indecisa y un poco asustada.
L’oncle Françoise -el tío de mi madre en cuya casa nací- que venía a visitarnos y traía una barquilla de hortalizas, también estaba empeñado en que nos fuéramos.“Que con los alemanes allí en cualquier momento tendríamos que salir corriendo; que después de todo aquel no era nuestro hogar; que no había que engañarse, eran los dueños”.
Yo llegué a la conclusión de que los alemanes eran los propietarios de aquella casa y que
acabarían instalándose en ella y echándonos. Un día mamá me llevó al patio y desde la puerta entreabierta los vimos llegar. Yo estaba entre emocionada y asustada. Pero pasaron de
largo; no pararon. Yo decía: “salgamos a la calle” y mamá decía: “No, no es correcto”.
En sus coches descubiertos, tengo que decir que me parecieron, guapos y elegantes. Mas que los franceses.
Creo que lo que decidió a mamá fue la escena terrible de aquella familia, tan discreta y educada –nunca me aprendí su apellido, eran polacos-, saliendo a empujones; los niños llorando y el padre -aquel señor siempre elegante con su traje negro impecable- estaba pálido como un cadáver. Recuerdo como le temblaban las manos cuando le entregó las llaves de su casa a mamá. No le dio ninguna norma como hacía en otras ocasiones cuando toda la familia se iba de vacaciones. Le dijo: ”Rece por nosotros”. ¡Aquel hombre tenía miedo!
Ha cambiado la forma de expresarse. De ese tono alegre y aniñado de contar ha pasado a un tono ensimismado y hay un punto de angustia en la forma de fijar la mirada y alisarse la falda una y otra vez.
Porque..., sí, finalmente, viajamos a Burdeos. Allí en la estación encontramos a personas conocidas; unos iban y otros venían de España. Era emocionante y divertido. Se conocían; se abrazaban. Todo con un cierto disimulo, haciendo como que eran familia, pero en realidad eran gentes que iban en una u otra dirección o como nosotras, tratando de reunirse con los suyos. Pero el hecho de tener noticias, o saber que ya estaban cerca nos llenaba a todos de emoción.
Mamá estaba feliz. ¡Y tan hermosa! Tenía entonces veintinueve años. Yo... no puedo expresar lo que sentía. Iba por fin a ver a papá.
Pero sucedió algo desagradable. Muy desagradable –dice bajando el rostro, frotándose las
palmas de las manos sobre los muslos y olvidándose de la periodista-. Alguien le dijo, que no
podía reunirse con mi padre. Que estaba en la cárcel.
Nos entregó unos documentos, billetes de tren y dinero; se disculpó porque no era mucho

-pero... es, que, había otra esposa y otra hija a las que mantener, dijo –y baja mucho la voz
mientras cuenta esto último.
Ya nunca subimos al tren ni cruzamos la frontera –continúa todavía más ensimismada.
Mamá se sentó y así se quedó tiempo y tiempo sin moverse. Recuerdo a una mujer que insistía una y otra vez: “¡Madame, por favor! ¡Que este es seguramente el último tren!”.
Yo le decía: “¡Mamá vámonos!”. Y ella contestaba: “No”.
Así permanecimos durante cinco días en la estación de Burdeos.
Yo durmiendo acurrucada encima de la maleta, tapada con su abrigo. Ella sentada inmóvil, con la mirada fija sin mirar a ninguna parte. –Tiene en el rostro una expresión de perplejidad, como si fuese la primera vez que reconociese esos hechos-. No sé a qué, pero tuve mucho miedo –calla unos segundos y sale hacia la realidad de la habitación y la periodista-. Mamá nunca fue ya la misma. Siempre como perdida en un a estación. Yo, como dice mi sobrina, sin acabar de subirme al tren de la vida.-y se ríe.
En el rostro de la periodista se deja ver la fuerte impresión que le causa lo que está escuchando. A la vez le sorprende la lucidez y la conciencia tan clara que la mujer tiene de lo que sucedió y sus consecuencias. Cruza una mirada con la sobrina en la que afirma más que pregunta: “No está tan loca”.
Papá quiso venir a vernos. Mi madre se negó.
Él me pidió una y otra vez que viajara a España. Pero, ese pánico mío a los trenes y las estaciones. Manías.

 
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