Como volviendo a la realidad de la plaza y su interlocutora, mirándola con intensidad a los ojos, dice: -Porque... si bien tengo clara conciencia de hasta que punto esta mujer ha influido en mi capacidad para crear historias, me resulta muy difícil describirla. ¡Tienes que conocerla!
Las dos mujeres pagan su cuenta, se acercan un momento a despedirse de Paco el amigo librero y se dirigen paseando por Fernando el Católico y Gran Vía, hacia Plaza de Aragón.
- Mira -dice la escritora- cuando mi tía me traía por aquí a jugar, esta plaza no era deLas dos mujeres pagan su cuenta, se acercan un momento a despedirse de Paco el amigo librero y se dirigen paseando por Fernando el Católico y Gran Vía, hacia Plaza de Aragón.
asfalto, era de tierra toda ajardinada y cerrada por una verja. La rodeaban edificios elegantes, como los de esa parte –señala el lado de la Capitanía General-. Mi tía la llamaba Plaza Vandom.
La periodista ríe y le pide: -Cuéntame que otras cosas hacías con ella.
- Neutralizar extraterrestres. Era uno de nuestros juegos favoritos. Hay toda una zona a
la derecha de esta plaza, las calles que se prolongan hasta el Camino de las Torres, que se edificaron en aquellos años. Y prácticamente se ocupó por los americanos que llegaban a la Base. Los niños esperaban en las esquinas el autobús que los llevaba allí, a diario, al cole. Mientras jugaban, ponían sus maletines en fila. Nosotras pegábamos en los maletines una bolita de chicle que tenía dentro algo que no recuerdo. No veas que corridas y que risas. Ya nos conocían y acabó convirtiéndose en un juego. Tengo que decir que con sus zapatos de colores y sus impermeables de plástico transparente y aquella jerga que hablaban, eran para nosotros auténticos extraterrestres. No creo que si en el 2007 llegasen a esta Base Aérea seres de otro planeta, creasen mas expectación ni nos resultasen más extraños.
La periodista se parte de la risa.
- ¿Te ríes? Lo digo totalmente convencida. No sabes como era la España de los años
cincuenta.
- Y ¿De donde sacó tu tía en aquella época la idea de los extraterrestres?
- Dice que soñaba con ellos y supo que eran como embriones de futuros peligros para el
mundo. No había que hacerles daño pero debían ser neutralizados. Ten en cuenta que dichos embriones, tienen ahora entre cincuenta y sesenta años; que han podido ser militares como sus padres y algunos, posiblemente, aviadores.
La periodista abre mucho los ojos, suelta un taco en francés y dice: -¡Tengo que conocerla!
Han recorrido ya la calle Alfonso I y entrado en una de sus últimas transversales a la derecha.
En el patio, antes de acometer la escalera sin ascensor -de un tercer piso con su entresuelo y principal y sus asientos de rincón para los cardiacos-, la periodista cogiéndola del brazo en un gesto afectuoso, pregunta: -¿Te leía cuentos?
- ¡¿Cuentos?! ¡Auténticos novelones! No tendría más de diez años cuando leímos Crimen
y castigo. Entre los trece y los quince, leí toda la novela del XIX, española y extranjera. ¡Toda!
- Y ¿Esa historia del chamán?
- Es cierta. Cuando tenía yo catorce años viajamos juntas a Madrid en teoría para asistir a
un homenaje que se daba a un amigo de mi abuelo, un exiliado que regresaba de Méjico. Pero... como la supuesta dirección de la familia de este señor en Madrid, mi tía la sacó de una carta de su padre de veinte años atrás, evidentemente no localizamos a nadie. Sentadas en el bar más cercano junto a la cristalera, de pronto la tía dijo señalando a la calle: “Esos son mejicanos”. Y lo eran.
La pareja de mejicanos después de escucharla un buen rato boquiabiertos sin rechistar le dijeron: “Pues quizá sí, señora. Seguramente nosotros podamos darle la dirección de un viejito que recién llegó de Méjico”. Y así, acabamos en las mágicas garras del chamán.
La periodista se ha parado, tiene la mano y la frente apoyadas en la barandilla. El cansancio y la risa le hacen flaquear las piernas. –Esta casa tiene años, y escaleras, y cosas que contar –dice.
- Ya llegamos. Esta casa es herencia de mi abuelo. Él vivió siempre en Zaragoza pero la
abuela y mi madre fueron al pueblo durante la guerra y la yaya no volvió.–Y mientras introduce la llave en la cerradura continúa: Mi madre desde los trece años vivió aquí con su padre, hizo el bachillerato y estudió Magisterio; trabajó en una imprenta como correctora y al quedar
embarazada, inevitablemente, regresó al pueblo con su madre.
Pero esta casa ha sido el reino de mi tía desde que tomó posesión de ella.
Nada más entrar en el piso la periodista percibe un cierto toque entre viejo y antiguo, entre pobre y elegante que le llama la atención. Esa sala a la que le han hecho pasar con sus baldosas viejísimas pero increíblemente pulcras y brillantes; las paredes llenas de libros hasta el techo; el mirador con su mesita y el orejero y una alfombra “de verdad” -tan de verdad y tan desgastada que parece un resto del Imperio Otomano- le sorprenden y le recuerdan algo: “Sí; algunos pisos de personas mayores en París” –piensa. Pero le cuesta encajar el aspecto de lo que ha visto hasta el momento con la historia de la emigración y la propia personalidad de la escritora. Y ahí está en su observación y valoraciones cuando aparece en la puerta una mujer de unos setenta años, esbelta, elegante con su pelo blanco peinado con tanto esmero que parece esculpido; una falda negra de plisado muy fino hasta bastante mas debajo de la rodilla y una camisa blanca también plisada en cuello y puños; se acompaña de un chal de ganchillo llevado sobre los hombros con mucha gracia y elegancia. Lleva, además, en la mano izquierda, un bastón que no necesita para caminar.
La mujer le tiende la mano a la periodista y a modo de saludo le dice en francés: “ Señora, ante todo expresarle que es un honor para mí, recibirla en mi casa. Siéntese, si es tan amable.”
La sobrina intercambia rápidamente una mirada cómplice con la periodista y dejándolas sentadas frente a frente, se retira hacia la ventana, a la mesita –la sala tiene muy poca luz- y abre una revista.
- Me dice mi sobrina que quiere que le hable de mi vida.
- Me encantaría. Si no es molestia para usted.
- ¿Cómo empezar? –dice entornando los ojos y elevando un poquito los hombros en un
gesto entre soñador e infantil. Respira; calla...
1 comentarios:
GENIAL QUE PASO SIGO CON LA TERCERA PARTE
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