Dice el autor:
¿Ha visto usted alguna vez, lector, “ el color de las tinieblas” a la luz de una llama en un espacio cerrado? Están hechas de una materia diferente a la de las tinieblas de la noche en un camino y…si a hacer una comparación me atreviera…
Así hablaba y contaba que, en cierta ocasión, acompañó a un amigo a la casa Sumiya en Sikabana y que en el interior de un gran salón de aquella casa de té, el suelo cubierto por las tradicionales esteras, un único candelabro iluminaba el centro de la sala.
Las sombras caían como hilos finísimos en torno a un halo de luz temblorosa. Más allá, la oscuridad cerrada; muda. Como un muro.
Esa percepción de la oscuridad en un espacio limitado por paredes y altos techos, densa, impenetrable a la luz de las velas, fue una experiencia singular para el autor. La sorprendente envoltura en una sensación desconocida.
Tanto me impresionaron aquellas palabras y tan sugerentes de sensaciones y misterio fueron para mí que decidí viajar hasta la aldea y visitar aquella antigua casa de té.
Llegué bien pasado el medio día. El valle, todavía tocado por la luz desvaída de la tarde, era ya umbría pura al cobijo de la montaña. Pero aún se alcanzaba a ver el pequeño templo. Sabía donde estaba: a la izquierda, en el límite del bosque de arces.
Tomé el camino que en la lejanía, como un cordón blanco, arrugado, abandonado sobre la ladera, se curvaba a derecha e izquierda de forma desigual
Eran horas de camino, hasta llegar al templo. El bosque de arces donde se encuentra , desciende ladera abajo hasta mezclarse con altísimos pinos. Allí, al amparo de esos guardianes, como oculta por sus soberbios cuerpos, está la casa.
Deseaba hacer primero esta visita al templo; recorrer mi camino ya sin luz y llegar avanzada la noche. Deseaba impregnarme, sentir la oscuridad en el bosque. Al arrimo del edificio del templo. En los espacios abiertos, suspendido en la ladera entre aquellos grandes peñascos que asemejan figuras de animales, frente a la inmensidad del valle. Sentir y…comparar.
Así, todo fue como lo había imaginado: la oscuridad era húmeda en el bosque y acogedora en las escaleras de madera y el porche del templo. Los monjes, creo que eran seis los que allí vivían, ya hacía un buen rato que se habían retirado a descansar.
Oí pasos sobre el suelo de madera. Un monje salió a recibirme y sin mostrar la menor extrañeza por la hora, me acompañó en mis oraciones y ofrendas.
Me acompañó también unos momentos, en la puerta, antes de despedirme. Y allí me informó de que la casa Sumiya, hacía años que había sido cerrada: Que lo apartado de la aldea y del propio establecimiento había alejado poco a poco a los clientes. Y…luego, la garra de la desgracia, cayó sobre ella.
Una criada se había vuelto loca de celos. Prendió fuego a una de las habitaciones y una de las jóvenes que allí trabajaba, la causante de los celos, quedó desfigurada: “Fue muy
triste, ciertamente –me dijo el monje con verdadero sentimiento.”
Las palabras del monje me inquietaron. Pensativo y decepcionado recogí cada inflexión de su voz. Él hablaba con lentitud, dando tiempo a mi mente a reflexionar, sobre qué debía hacer. No desistí de mi primera intención. Le pedí me diera una vela lo más gruesa posible y seguí mi camino.

Todo mi ser estaba atento a la oscuridad, pero, al tomar el desvío que había de conducirme a la casa, fue inevitable desviar mi percepción hacia el sonido, o mejor podría decir la carencia de sonido: Nada; ausencia total de brisa que mueva una rama; ni un pájaro ni un insecto: solo mis pasos. Si me detenía a sentir la oscuridad, oía mi respiración.
Llegué a la casa. Tuve que acercarme mucho para distinguir su estructura y el acceso.
No parecía descuidada; no había hojas o tierra en la galería ni exceso de malas hierbas a su alrededor. No veía todas estas cosas , lo notaban mis pies.
Me moví a tientas en la oscuridad y solo cuando percibí que estaba en un espacio grande, me agaché sobre la madera y encendí la vela. Una extraña sensación de limpieza, de lugar cuidado, producían en mí un efecto de inquietud semejante al que producen el abandono de los lugares deshabitados.
Sentado frente a la vela, con las piernas cruzadas, comencé a fijar mi atención en aquel vacío oscuro. No sé qué es lo que el narrador sintió, pero yo percibía la oscuridad preñada de susurros. Los de las telas de los ropajes que cubren el cuerpo, al moverse y las esteras al ser arrastradas quedamente.
El letargo de la meditación o el sueño me tragó a través de su garganta cálida y perdí la conciencia, hasta que una masa de aire tibio rodeó mi espalda y algo como un aliento vivo, más cálido y húmedo me rozó el cuello.
Algo material me tocó.
¿Unos labios de mujer?
Me levanté y apagué la vela ; sentía mis articulaciones rígidas ¿Por el frío?
Por el miedo.
Amanecía cuando llegué al hotel.
Un baño caliente y ropa limpia.
En la bañera; los ojos cerrados: Recordar. Revivir las sensaciones. No preguntarle a la mente para que no relativice, no justifique lo injustificable. No destruya lo que ella misma ha creado.
He vuelto al mismo hotel un mes más tarde.
Voy a repetir el camino que ya hice. El bosque, el templo, las rocas frente al valle y la casa. Me detengo ante la puerta del baño abierta. Repito mentalmente, me visualizo en los movimientos que hice aquella mañana: Salgo del baño relajado y adormecido. Me cubro con la toalla. Recojo del suelo la ropa del día anterior. La miro detenidamente. Lo que veo me paraliza: En el cuello de la camisa hay una mancha de carmín.
Envié aquella misma mañana la ropa a la lavandería en la bolsa de tela que el hotel dispone para este menester. Volvió sin la camisa. Niegan que en la bolsa hubiera una camisa.
¿Ha visto usted alguna vez, lector, “ el color de las tinieblas” a la luz de una llama en un espacio cerrado? Están hechas de una materia diferente a la de las tinieblas de la noche en un camino y…si a hacer una comparación me atreviera…
Así hablaba y contaba que, en cierta ocasión, acompañó a un amigo a la casa Sumiya en Sikabana y que en el interior de un gran salón de aquella casa de té, el suelo cubierto por las tradicionales esteras, un único candelabro iluminaba el centro de la sala.
Las sombras caían como hilos finísimos en torno a un halo de luz temblorosa. Más allá, la oscuridad cerrada; muda. Como un muro.
Esa percepción de la oscuridad en un espacio limitado por paredes y altos techos, densa, impenetrable a la luz de las velas, fue una experiencia singular para el autor. La sorprendente envoltura en una sensación desconocida.
Tanto me impresionaron aquellas palabras y tan sugerentes de sensaciones y misterio fueron para mí que decidí viajar hasta la aldea y visitar aquella antigua casa de té.
Llegué bien pasado el medio día. El valle, todavía tocado por la luz desvaída de la tarde, era ya umbría pura al cobijo de la montaña. Pero aún se alcanzaba a ver el pequeño templo. Sabía donde estaba: a la izquierda, en el límite del bosque de arces.
Tomé el camino que en la lejanía, como un cordón blanco, arrugado, abandonado sobre la ladera, se curvaba a derecha e izquierda de forma desigual
Eran horas de camino, hasta llegar al templo. El bosque de arces donde se encuentra , desciende ladera abajo hasta mezclarse con altísimos pinos. Allí, al amparo de esos guardianes, como oculta por sus soberbios cuerpos, está la casa.
Deseaba hacer primero esta visita al templo; recorrer mi camino ya sin luz y llegar avanzada la noche. Deseaba impregnarme, sentir la oscuridad en el bosque. Al arrimo del edificio del templo. En los espacios abiertos, suspendido en la ladera entre aquellos grandes peñascos que asemejan figuras de animales, frente a la inmensidad del valle. Sentir y…comparar.
Así, todo fue como lo había imaginado: la oscuridad era húmeda en el bosque y acogedora en las escaleras de madera y el porche del templo. Los monjes, creo que eran seis los que allí vivían, ya hacía un buen rato que se habían retirado a descansar.
Oí pasos sobre el suelo de madera. Un monje salió a recibirme y sin mostrar la menor extrañeza por la hora, me acompañó en mis oraciones y ofrendas.
Me acompañó también unos momentos, en la puerta, antes de despedirme. Y allí me informó de que la casa Sumiya, hacía años que había sido cerrada: Que lo apartado de la aldea y del propio establecimiento había alejado poco a poco a los clientes. Y…luego, la garra de la desgracia, cayó sobre ella.
Una criada se había vuelto loca de celos. Prendió fuego a una de las habitaciones y una de las jóvenes que allí trabajaba, la causante de los celos, quedó desfigurada: “Fue muy
triste, ciertamente –me dijo el monje con verdadero sentimiento.”
Las palabras del monje me inquietaron. Pensativo y decepcionado recogí cada inflexión de su voz. Él hablaba con lentitud, dando tiempo a mi mente a reflexionar, sobre qué debía hacer. No desistí de mi primera intención. Le pedí me diera una vela lo más gruesa posible y seguí mi camino.

Todo mi ser estaba atento a la oscuridad, pero, al tomar el desvío que había de conducirme a la casa, fue inevitable desviar mi percepción hacia el sonido, o mejor podría decir la carencia de sonido: Nada; ausencia total de brisa que mueva una rama; ni un pájaro ni un insecto: solo mis pasos. Si me detenía a sentir la oscuridad, oía mi respiración.
Llegué a la casa. Tuve que acercarme mucho para distinguir su estructura y el acceso.
No parecía descuidada; no había hojas o tierra en la galería ni exceso de malas hierbas a su alrededor. No veía todas estas cosas , lo notaban mis pies.
Me moví a tientas en la oscuridad y solo cuando percibí que estaba en un espacio grande, me agaché sobre la madera y encendí la vela. Una extraña sensación de limpieza, de lugar cuidado, producían en mí un efecto de inquietud semejante al que producen el abandono de los lugares deshabitados.
Sentado frente a la vela, con las piernas cruzadas, comencé a fijar mi atención en aquel vacío oscuro. No sé qué es lo que el narrador sintió, pero yo percibía la oscuridad preñada de susurros. Los de las telas de los ropajes que cubren el cuerpo, al moverse y las esteras al ser arrastradas quedamente.
El letargo de la meditación o el sueño me tragó a través de su garganta cálida y perdí la conciencia, hasta que una masa de aire tibio rodeó mi espalda y algo como un aliento vivo, más cálido y húmedo me rozó el cuello.
Algo material me tocó.
¿Unos labios de mujer?
Me levanté y apagué la vela ; sentía mis articulaciones rígidas ¿Por el frío?
Por el miedo.
Amanecía cuando llegué al hotel.
Un baño caliente y ropa limpia.
En la bañera; los ojos cerrados: Recordar. Revivir las sensaciones. No preguntarle a la mente para que no relativice, no justifique lo injustificable. No destruya lo que ella misma ha creado.
He vuelto al mismo hotel un mes más tarde.
Voy a repetir el camino que ya hice. El bosque, el templo, las rocas frente al valle y la casa. Me detengo ante la puerta del baño abierta. Repito mentalmente, me visualizo en los movimientos que hice aquella mañana: Salgo del baño relajado y adormecido. Me cubro con la toalla. Recojo del suelo la ropa del día anterior. La miro detenidamente. Lo que veo me paraliza: En el cuello de la camisa hay una mancha de carmín.
Envié aquella misma mañana la ropa a la lavandería en la bolsa de tela que el hotel dispone para este menester. Volvió sin la camisa. Niegan que en la bolsa hubiera una camisa.

2 comentarios:
la camisa se fue..................................
Genial
Por fín he encontrado tu blog. Enhorabuena, está muy bien diseñado.
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