En un lugar de Inglaterra, quizás en la misteriosa Cumbria, entre los bosques y las zonas pantanosas de Yorkshire, hay un humilde monasterio de monjas benedictinas. Es protegido por un caballero, el administrador del Señor de aquellas tierras.
A poca distancia se encuentra la granja, que es parte de la hacienda, y propiedad de La casa del Señor.
En la granja.
El canto del gallo se ha oído una vez en el corral. La luz apenas se insinúa a través de la bruma que envuelve la casa, el bosque y los prados.
Ese amago de luz aumenta despacio. Muy despacio.
Voces humanas, apenas audibles, en el interior de la casa. En la cocina.
La pieza regia de esta casona de techumbre de paja de heno y barro, de cuya chimenea, hace ya rato, sale humo que se esfuerza por ascender y perforar la masa de aire más densa que él sin conseguirlo. Y forma volutas espesas, que luego se expanden de forma horizontal, diluyéndose hasta formar un velo flotante sobre el tejado.
Se presienten el calor y la vida.
La puerta se ha abierto. Un ligero fogonazo de luz y una forma apenas visible que se desliza sin pasos; rápida; irreconocible. Solo los perros, atentos, sensibles, hambrientos, inconscientes, veloces como rayos, acuden en tropel a un punto donde una cazuela humeante ha sido depositada en el suelo. Cuando el ojo divisa el objeto a través de la neblina, los perros ya comen ruidosamente, y un golpe seco de la puerta se ha tragado la sombra sin pasos y la luz que por un momento proyectaba el interior de la casa.
En la atmósfera húmeda, los chasquidos y sonidos guturales de los animales que calman sus estómagos hambrientos. Nada más. Una ligera claridad si acaso, proyectada en los muros de la casa y en aquellas zonas donde el bosque se abre.
El canto de un pájaro. Nada otra vez.
Algo más tarde, la luminosidad pálida da volumen al aire cargado de humedad y recobra los objetos sacándolos de la nada nocturna. El bosque, el camino, y las formas de la casa, hasta entonces sin dibujo en este óleo nunca pintado por Constable, aparecen.
Es el momento mágico del amanecer, segundos vaciados de tiempo. Un espacio ya gestado que pugna por cobrar forma. Una luz que le da vida y renueva cada mañana el milagro del nacimiento de un pequeño mundo.
Sin ella nada existe. En estos segundos, nada será igual al resto del día, que transcurrirá en apariencia igual a los anteriores. Todo será bañado de una pureza virgen propia de la inocencia del recién nacido. Por unos instantes, hasta la respiración, y el latido del corazón, y el humo, pueden parar su movimiento para unirse a la visión estática del paisaje, dotado de un color irrepetible.
Luego, el pulso de la vida es recobrado, los pájaros son perfectamente audibles y la masa boscosa emerge de su sueño mágico; se hace sentir.
La puerta se abre de nuevo y una mujer se dirige al corral. El estruendo desgarra a picotazos la quietud silenciosa. El hombre que sale tras de ella, toma el camino de la huerta. Como cada mañana, regresará a la casa cargado de hortalizas. La mujer traerá del corral huevos y una gallina
El hombre acercará la mula hasta la puerta de la casa, ella colocará todo dentro del cesto y cuando la luz del día, a pesar de la neblina envolvente, haga visible el entorno, la niña saldrá de la casa. Abrigada por una capa de lana oscura, la cabeza cubierta por la capucha, montará en la mula, tomará el cesto que le entregará la mujer, y partirá por el camino, único elemento que hasta ahora aparecía inanimado.
Y la imagen estática del conjunto, terminará desvaneciéndose.
Los perros la acompañarán, abriendo o cerrando la marcha, hasta el punto en que el
camino penetra en el bosque. Los perros nunca entran en el bosque, al menos en esta
primera hora del día.
Siempre es así. Como un ritual.
Ese amago de luz aumenta despacio. Muy despacio.
Voces humanas, apenas audibles, en el interior de la casa. En la cocina.
La pieza regia de esta casona de techumbre de paja de heno y barro, de cuya chimenea, hace ya rato, sale humo que se esfuerza por ascender y perforar la masa de aire más densa que él sin conseguirlo. Y forma volutas espesas, que luego se expanden de forma horizontal, diluyéndose hasta formar un velo flotante sobre el tejado.
Se presienten el calor y la vida.
La puerta se ha abierto. Un ligero fogonazo de luz y una forma apenas visible que se desliza sin pasos; rápida; irreconocible. Solo los perros, atentos, sensibles, hambrientos, inconscientes, veloces como rayos, acuden en tropel a un punto donde una cazuela humeante ha sido depositada en el suelo. Cuando el ojo divisa el objeto a través de la neblina, los perros ya comen ruidosamente, y un golpe seco de la puerta se ha tragado la sombra sin pasos y la luz que por un momento proyectaba el interior de la casa.
En la atmósfera húmeda, los chasquidos y sonidos guturales de los animales que calman sus estómagos hambrientos. Nada más. Una ligera claridad si acaso, proyectada en los muros de la casa y en aquellas zonas donde el bosque se abre.
El canto de un pájaro. Nada otra vez.
Algo más tarde, la luminosidad pálida da volumen al aire cargado de humedad y recobra los objetos sacándolos de la nada nocturna. El bosque, el camino, y las formas de la casa, hasta entonces sin dibujo en este óleo nunca pintado por Constable, aparecen.
Es el momento mágico del amanecer, segundos vaciados de tiempo. Un espacio ya gestado que pugna por cobrar forma. Una luz que le da vida y renueva cada mañana el milagro del nacimiento de un pequeño mundo.
Sin ella nada existe. En estos segundos, nada será igual al resto del día, que transcurrirá en apariencia igual a los anteriores. Todo será bañado de una pureza virgen propia de la inocencia del recién nacido. Por unos instantes, hasta la respiración, y el latido del corazón, y el humo, pueden parar su movimiento para unirse a la visión estática del paisaje, dotado de un color irrepetible.
Luego, el pulso de la vida es recobrado, los pájaros son perfectamente audibles y la masa boscosa emerge de su sueño mágico; se hace sentir.
La puerta se abre de nuevo y una mujer se dirige al corral. El estruendo desgarra a picotazos la quietud silenciosa. El hombre que sale tras de ella, toma el camino de la huerta. Como cada mañana, regresará a la casa cargado de hortalizas. La mujer traerá del corral huevos y una gallina
El hombre acercará la mula hasta la puerta de la casa, ella colocará todo dentro del cesto y cuando la luz del día, a pesar de la neblina envolvente, haga visible el entorno, la niña saldrá de la casa. Abrigada por una capa de lana oscura, la cabeza cubierta por la capucha, montará en la mula, tomará el cesto que le entregará la mujer, y partirá por el camino, único elemento que hasta ahora aparecía inanimado.
Y la imagen estática del conjunto, terminará desvaneciéndose.
Los perros la acompañarán, abriendo o cerrando la marcha, hasta el punto en que el
camino penetra en el bosque. Los perros nunca entran en el bosque, al menos en esta
primera hora del día.
Siempre es así. Como un ritual.
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