Hoy, una vez más, se ha suscitado en la cocina, la pregunta tantas veces hecha respecto al trato especial recibido por la hija del granjero. Unos dicen que no es su hija. Otros que fue abandonada en la puerta de la granja Incluso hay quien se atreve a aventurar, que podría ser hija del viejo amo.
Pasados unos días vuelve a sentirse observada durante su trayecto por el bosque, pero en esta ocasión siente inquietud. La perturba el hecho de no encontrar señales físicas de que alguien la siga. Esto le preocupa, pues si es cierto que la observan, ese alguien se oculta.
No es miedosa, pero esta situación no le agrada. Le impide disfrutar de su paseo. Así, que habiendo dejado transcurrir unos días a la espera de algún acontecimiento, alguna señal, se decide a hablar con su madre. Porque hoy ha sucedido algo fuera de lo común.
La madre interroga: ¿Alguna sospecha? ¿Algún hecho, algún acontecimiento diferente a lo habitual, además de esa sensación de ser observada… ?
-Sí.
Hoy, cuando ha recorrido la mayor parte de su camino, ya fuera del bosque pero lejos de la Casa, donde no pueden ser vistas, le ha salido al paso una de las jóvenes sirvientas y le ha entregado un regalo.
La madre calla.
Deja de mirarla a los ojos y mira al suelo, pero nada dice, nada se adivina en su expresión.
- Está bien, ahora debes descansar –le dice la madre con suavidad y ternura.
Le da las buenas noches y la besa en la frente. Mas la madre no se retira tras despedir a la niña. Permanece en la cocina, sola, en silencio, sentada frente al fogón, la mirada fija en la escasa lumbre.
Cuando ya la estancia ha quedado en total oscuridad, ella sigue ahí todavía. No se acostará y en mitad de la noche saldrá al camino montando la mula.
Todavía no ha amanecido, y ya el mozo de cuadras prepara un caballo. Así ha sido en los últimos días.
Una llovizna suave y silenciosa desciende de un cielo todavía oscuro. Ya es la hora del amanecer, pero una compacta masa separa la tierra del firmamento y la luz se resiste a atravesarla. Alguien parte de la Casa en dirección al bosque montando ese caballo.
La mula hace su camino por el sendero del bosque como cada mañana. La figura envuelta en la sencilla capa de lana tiene la capucha cubriéndole la cabeza para protegerse de la lluvia.
Todo es igual a los días anteriores, salvo quizás que su ritmo es más lento.
Sí, es muy lento.
En el ámbito del bosque la humedad lo impregna todo. En estos días de llovizna gris pálida, la luz toma esa coloración, y solamente aquellos espacios sin árboles se dejan penetrar y reconocer por la luz desvaída y húmeda de las primeras horas. Pero el ojo de quien ya hace rato que camina en su interior, acostumbrado a la penumbra, bien puede distinguir una silueta humana que saliendo de la espesura permanece parada en mitad del camino. La mula no se detiene. Nadie le ha dado esa orden, y cuando llega a la altura donde la sombra permanece, de las riendas y unos brazos viriles invitan a desmontar.
No hay resistencia.
El cesto en el suelo y la figura encapuchada con mimo fuera del camino hacia los matorrales. La misma mano que ha tomado las riendas de la mula retira la capucha. Recreándose en el gesto. El rostro, tan blanco aparece, y cuando los dedos quieren acariciarlo, una garra prende la cabellera del hombre tirando con terrible fuerza hacia atrás. Aquel rostro se transforma, se hace más ancho. Los dientes brillan de forma inusitada; los ojos se le antojan amarillos. Siente la hoja fría de un cuchillo en su garganta y una voz sisearte, junto a su oído, que se le antoja el silbido de la serpiente, le susurra:
“Si te atreves a tocar, ya no la piel, sino tan solo la ropa que cubre el cuerpo de la niña... no vivirás las horas para poder contarlo”.
La punta del cuchillo en la garganta lo empuja hacia atrás.
Retrocede a trompicones hasta caer al suelo.
Se mantiene unos segundos inmóvil, paralizado por el espasmo del miedo, y luego, como un gato erizado salta sobre la grupa de su caballo y lo espolea sin desatarlo, arrastrando con los correajes la rama que, en la carrera desbocada, cruje y se engancha en los matorrales, helando de pánico al jinete y de miedo a la montura.
El joven Señor, muy nervioso, ha hecho llamar a su hombre de confianza, el que fue su ayo y hoy es su administrador.
“Solo hay dos mujeres con esos ojos tan claros y perturbadores: la abadesa y la hija del granjero” –le informa éste.
Pasados unos días vuelve a sentirse observada durante su trayecto por el bosque, pero en esta ocasión siente inquietud. La perturba el hecho de no encontrar señales físicas de que alguien la siga. Esto le preocupa, pues si es cierto que la observan, ese alguien se oculta.
No es miedosa, pero esta situación no le agrada. Le impide disfrutar de su paseo. Así, que habiendo dejado transcurrir unos días a la espera de algún acontecimiento, alguna señal, se decide a hablar con su madre. Porque hoy ha sucedido algo fuera de lo común.
La madre interroga: ¿Alguna sospecha? ¿Algún hecho, algún acontecimiento diferente a lo habitual, además de esa sensación de ser observada… ?
-Sí.
Hoy, cuando ha recorrido la mayor parte de su camino, ya fuera del bosque pero lejos de la Casa, donde no pueden ser vistas, le ha salido al paso una de las jóvenes sirvientas y le ha entregado un regalo.
La madre calla.
Deja de mirarla a los ojos y mira al suelo, pero nada dice, nada se adivina en su expresión.
- Está bien, ahora debes descansar –le dice la madre con suavidad y ternura.
Le da las buenas noches y la besa en la frente. Mas la madre no se retira tras despedir a la niña. Permanece en la cocina, sola, en silencio, sentada frente al fogón, la mirada fija en la escasa lumbre.
Cuando ya la estancia ha quedado en total oscuridad, ella sigue ahí todavía. No se acostará y en mitad de la noche saldrá al camino montando la mula.
Todavía no ha amanecido, y ya el mozo de cuadras prepara un caballo. Así ha sido en los últimos días.
Una llovizna suave y silenciosa desciende de un cielo todavía oscuro. Ya es la hora del amanecer, pero una compacta masa separa la tierra del firmamento y la luz se resiste a atravesarla. Alguien parte de la Casa en dirección al bosque montando ese caballo.
La mula hace su camino por el sendero del bosque como cada mañana. La figura envuelta en la sencilla capa de lana tiene la capucha cubriéndole la cabeza para protegerse de la lluvia.
Todo es igual a los días anteriores, salvo quizás que su ritmo es más lento.
Sí, es muy lento.
En el ámbito del bosque la humedad lo impregna todo. En estos días de llovizna gris pálida, la luz toma esa coloración, y solamente aquellos espacios sin árboles se dejan penetrar y reconocer por la luz desvaída y húmeda de las primeras horas. Pero el ojo de quien ya hace rato que camina en su interior, acostumbrado a la penumbra, bien puede distinguir una silueta humana que saliendo de la espesura permanece parada en mitad del camino. La mula no se detiene. Nadie le ha dado esa orden, y cuando llega a la altura donde la sombra permanece, de las riendas y unos brazos viriles invitan a desmontar.
No hay resistencia.
El cesto en el suelo y la figura encapuchada con mimo fuera del camino hacia los matorrales. La misma mano que ha tomado las riendas de la mula retira la capucha. Recreándose en el gesto. El rostro, tan blanco aparece, y cuando los dedos quieren acariciarlo, una garra prende la cabellera del hombre tirando con terrible fuerza hacia atrás. Aquel rostro se transforma, se hace más ancho. Los dientes brillan de forma inusitada; los ojos se le antojan amarillos. Siente la hoja fría de un cuchillo en su garganta y una voz sisearte, junto a su oído, que se le antoja el silbido de la serpiente, le susurra:
“Si te atreves a tocar, ya no la piel, sino tan solo la ropa que cubre el cuerpo de la niña... no vivirás las horas para poder contarlo”.
La punta del cuchillo en la garganta lo empuja hacia atrás.
Retrocede a trompicones hasta caer al suelo.
Se mantiene unos segundos inmóvil, paralizado por el espasmo del miedo, y luego, como un gato erizado salta sobre la grupa de su caballo y lo espolea sin desatarlo, arrastrando con los correajes la rama que, en la carrera desbocada, cruje y se engancha en los matorrales, helando de pánico al jinete y de miedo a la montura.
El joven Señor, muy nervioso, ha hecho llamar a su hombre de confianza, el que fue su ayo y hoy es su administrador.
“Solo hay dos mujeres con esos ojos tan claros y perturbadores: la abadesa y la hija del granjero” –le informa éste.

0 comentarios:
Publicar un comentario