Hay matices de color en el verde de las hojas de los robles, o en el tronco gris plata de las
hayas. Éstas extienden las ramas hacia el suelo, rozan los pies, la capa, como queriendo retener a la niña, que sonríe al roce, e incluso vuelve la cabeza para mirar al árbol.
La mula sigue su camino. En algún momento se asusta, pero está acostumbrada. La niña también.
Hace cuatro años que recorre este trayecto sola, todos los días. Algunos años atrás lo hacía con la mujer que prepara la cesta de las hortalizas, los huevos y la gallina, pero ya tiene quince años.
En algunos tramos el entorno se oscurece creando una barrera impenetrable a la luz y el sonido exteriores. El bosque se cierra sobre sus propios sonidos y vida, y todo se hace más intenso y perceptible: Los pasos de la mula aplastando las hojas secas. El palmoteo del ala de los pájaros; su trino; la respuesta.
El olor, sobretodo el olor. A hongos recién brotados, a tierra mojada, a esta o aquella planta que la niña conoce hasta por su aroma, sin verla.
Hay una hora de camino desde la granja hasta la “Gran Casa”.
Primero hay que atravesar el bosque. Luego, bordeando éste, la senda discurre dejando a la izquierda las extensiones de prados, donde crece el tierno pasto que comen ovejas, vacas y terneros, para día tras día convertirlo en leche y carne que ofrendar al amo, como el hombre que recoge las hortalizas, la mujer que mata a la gallina o la niña que realiza la ofrenda.
Afuera, la masa de aire gris se ha hecho más diáfana. La gran extensión de tierno verde recoge la luz proyectando una ficticia luminosidad a ras del suelo, en raro contraste con el gris obsesivo de la atmósfera. Una llovizna finísima, silenciosa, amortigua los sonidos del valle.
Desde un punto de la pradería algo más elevado, alguien observa. Ante el observador, la
superficie verde de leve ondulación. Al fondo el bosque, y en su linde, en la senda que lo bordea, diminutos bajo la grandeza de los árboles centenarios, una mula y sobre ella un cuerpecillo cubierto y encapuchado, sujetando un gran cesto, se han detenido un instante vueltos hacia el bosque.
La llovizna es tan fina que el ojo no puede verla.
Por un momento, otra vez la inmovilidad.
Así mismo, el mundo se ha parado para el ojo que observa. El corazón también.
Desde hace algunos días, la niña siente que no camina sola en el trayecto hacia la casa del Señor. Una presencia. ¿Un observador?
Tras la sensación, algunas evidencias. Huellas en los escasos espacios de barrizal, no cubiertos por las hojas. Pequeñas ramas partidas.
No es una presencia inquietante. Puede sentir que no lo es.
La niña puede sentir estas cosas. Mas no puede imaginar quien ha de tener interés en observarla y con qué fin.
hayas. Éstas extienden las ramas hacia el suelo, rozan los pies, la capa, como queriendo retener a la niña, que sonríe al roce, e incluso vuelve la cabeza para mirar al árbol.
La mula sigue su camino. En algún momento se asusta, pero está acostumbrada. La niña también.
Hace cuatro años que recorre este trayecto sola, todos los días. Algunos años atrás lo hacía con la mujer que prepara la cesta de las hortalizas, los huevos y la gallina, pero ya tiene quince años.
En algunos tramos el entorno se oscurece creando una barrera impenetrable a la luz y el sonido exteriores. El bosque se cierra sobre sus propios sonidos y vida, y todo se hace más intenso y perceptible: Los pasos de la mula aplastando las hojas secas. El palmoteo del ala de los pájaros; su trino; la respuesta.
El olor, sobretodo el olor. A hongos recién brotados, a tierra mojada, a esta o aquella planta que la niña conoce hasta por su aroma, sin verla.
Hay una hora de camino desde la granja hasta la “Gran Casa”.
Primero hay que atravesar el bosque. Luego, bordeando éste, la senda discurre dejando a la izquierda las extensiones de prados, donde crece el tierno pasto que comen ovejas, vacas y terneros, para día tras día convertirlo en leche y carne que ofrendar al amo, como el hombre que recoge las hortalizas, la mujer que mata a la gallina o la niña que realiza la ofrenda.
Afuera, la masa de aire gris se ha hecho más diáfana. La gran extensión de tierno verde recoge la luz proyectando una ficticia luminosidad a ras del suelo, en raro contraste con el gris obsesivo de la atmósfera. Una llovizna finísima, silenciosa, amortigua los sonidos del valle.
Desde un punto de la pradería algo más elevado, alguien observa. Ante el observador, la
superficie verde de leve ondulación. Al fondo el bosque, y en su linde, en la senda que lo bordea, diminutos bajo la grandeza de los árboles centenarios, una mula y sobre ella un cuerpecillo cubierto y encapuchado, sujetando un gran cesto, se han detenido un instante vueltos hacia el bosque.
La llovizna es tan fina que el ojo no puede verla.
Por un momento, otra vez la inmovilidad.
Así mismo, el mundo se ha parado para el ojo que observa. El corazón también.
Desde hace algunos días, la niña siente que no camina sola en el trayecto hacia la casa del Señor. Una presencia. ¿Un observador?
Tras la sensación, algunas evidencias. Huellas en los escasos espacios de barrizal, no cubiertos por las hojas. Pequeñas ramas partidas.
No es una presencia inquietante. Puede sentir que no lo es.
La niña puede sentir estas cosas. Mas no puede imaginar quien ha de tener interés en observarla y con qué fin.

0 comentarios:
Publicar un comentario