El cura parte cada domingo antes del amanecer desde la aldea. Es mucha la distancia hasta el monasterio donde celebrará la misa para las monjas. Antes las confesará. Después de la misa irá a La Casa de su Señor donde repetirá el santo ritual que convierte el vino en sangre y el pan en el cuerpo de Cristo. Que luego son comidos en el más tremendo acto de fe, cristiano y humano.
Debe cruzar el bosque en su tramo mas cercano a La Casa. Por allí donde el camino de la aldea y el de la granja se cruzan. El cura teme al bosque. Teme a los seres que lo habitan. El cura cree en el ritual de la misa, en el infierno y los ángeles, pero también en los nomos, las hadas engañosas y en las brujas. Es un gran creyente.
A esta hora la luz del sol no ha conseguido traspasar el manto de niebla y la claridad que
llega a intervalos es débil, solo suficiente para dar cuerpo a los velos de vapor que se elevan del suelo y dibujar fantásticas formas en troncos y ramaje.
Los martes y los domingos la niña no va a La Casa. Lleva la cesta al monasterio y pasa allí horas junto a la abadesa. El domingo, la misa. Pero este domingo la niña no ha ido a llevar la cesta ni a escuchar la Santa misa.
No importa. No ha habido misa.
El cura dice haber tenido una horrible aparición en el bosque. Cree haber visto un espíritu cruzando entre los árboles en espantoso y sobrehumano galope; y que sea el espíritu del viejo amo lo que ha visto y a la muerte con su capucha y su guadaña siguiéndolo.
Permanece casi paralizado, balbuceando incoherencias, sin poder cerrar los ojos y pidiendo a la abadesa que no lo deje solo. Ésta, haciendo caso omiso, sale da la celda, cierra de un portazo, mientras sin recato dice: -“¡Imbécil!”.
-¿Abandonar yo los muros de este convento, decís? Os recuerdo que soy monja de clausura.
Así, con fuerza y cierta altanería, se expresaba la Abadesa ante el protector del monasterio y administrador de los bienes del Señor, sólo dos días después de los sucesos del domingo.
-No finjáis conmigo señora. Lo habéis hecho durante años para ir a la granja a ver a vuestra hija.
-No me amenacéis –responde ésta, desafiante-. Os recuerdo que la vuestra vive aquí a mi cuidado desde su nacimiento.
-No por mucho tiempo -dice el administrador sin perder la calma, con superioridad-. No solo he venido a advertiros que no consentiré que os interpongáis entre la voluntad de mi
Señor y esa niña.
También vengo a comunicaros que, el primer domingo de abril, deberéis
preparar recibimiento a un caballero: mi hija será presentada al que va a ser su esposo.
La abadesa se vuelve de espaldas al caballero, se retuerce las manos y en silencio, llora lágrimas que le queman el rostro.
Este caballero, que partió del convento a la tarde, nunca llegó a su destino. Fue buscado en el bosque por aldeanos y monteros y en el convento se levantaron hasta las lápidas de la iglesia. Nunca más se supo de él.
El cura y el Señor sufrieron fuertes ataques de pánico que los llevaron a refugiarse en la oración. El cura ya nunca traspasó la puerta del monasterio y el Señor, horrorizado, creyó haber sido víctima de un hechizo, pues lejos de desear la belleza de la niña, esta le parecía fea cuando volvió a verla llevando la cesta de las hortalizas.
Sí, hizo cumplir la voluntad de su administrador haciendo que se celebrase la boda de aquella hija, a la que al no ser partícipe de la herencia del padre por su condición de hija natural, dotó con generosidad.
Aprobó la boda con el caballero que su administrador había dispuesto. Que, sin duda, la amará y la hará feliz, pues desde el primer momento quedó prendado de los ojos bellísimos e increíblemente claros de su adolescente esposa.
Todo lo demás siguió su rutina.
En el convento: Maitines…Laúdes….Prima.
En la granja: El canto del gallo. Ese amago de luz que aumenta despacio.
La puerta que se abre y una forma apenas visible que se desliza sin pasos; rápida; irreconocible. Solo los perros, atentos, sensibles, hambrientos, inconscientes, veloces como rayos, acuden en tropel a un punto donde una cazuela humeante ha sido depositada en el suelo. Cuando el ojo divisa el objeto a través de la neblina, los perros ya comen ruidosamente, y un golpe seco de la puerta se ha tragado la sombra sin pasos y la luz que por un momento proyectaba el interior de la casa
En la atmósfera húmeda, los chasquidos y sonidos guturales de los animales, que calman sus estómagos hambrientos.
Nada más.
Debe cruzar el bosque en su tramo mas cercano a La Casa. Por allí donde el camino de la aldea y el de la granja se cruzan. El cura teme al bosque. Teme a los seres que lo habitan. El cura cree en el ritual de la misa, en el infierno y los ángeles, pero también en los nomos, las hadas engañosas y en las brujas. Es un gran creyente.
A esta hora la luz del sol no ha conseguido traspasar el manto de niebla y la claridad que
llega a intervalos es débil, solo suficiente para dar cuerpo a los velos de vapor que se elevan del suelo y dibujar fantásticas formas en troncos y ramaje.
Los martes y los domingos la niña no va a La Casa. Lleva la cesta al monasterio y pasa allí horas junto a la abadesa. El domingo, la misa. Pero este domingo la niña no ha ido a llevar la cesta ni a escuchar la Santa misa.
No importa. No ha habido misa.
El cura dice haber tenido una horrible aparición en el bosque. Cree haber visto un espíritu cruzando entre los árboles en espantoso y sobrehumano galope; y que sea el espíritu del viejo amo lo que ha visto y a la muerte con su capucha y su guadaña siguiéndolo.
Permanece casi paralizado, balbuceando incoherencias, sin poder cerrar los ojos y pidiendo a la abadesa que no lo deje solo. Ésta, haciendo caso omiso, sale da la celda, cierra de un portazo, mientras sin recato dice: -“¡Imbécil!”.
-¿Abandonar yo los muros de este convento, decís? Os recuerdo que soy monja de clausura.
Así, con fuerza y cierta altanería, se expresaba la Abadesa ante el protector del monasterio y administrador de los bienes del Señor, sólo dos días después de los sucesos del domingo.
-No finjáis conmigo señora. Lo habéis hecho durante años para ir a la granja a ver a vuestra hija.
-No me amenacéis –responde ésta, desafiante-. Os recuerdo que la vuestra vive aquí a mi cuidado desde su nacimiento.
-No por mucho tiempo -dice el administrador sin perder la calma, con superioridad-. No solo he venido a advertiros que no consentiré que os interpongáis entre la voluntad de mi
Señor y esa niña.
También vengo a comunicaros que, el primer domingo de abril, deberéis
preparar recibimiento a un caballero: mi hija será presentada al que va a ser su esposo.
La abadesa se vuelve de espaldas al caballero, se retuerce las manos y en silencio, llora lágrimas que le queman el rostro.
Este caballero, que partió del convento a la tarde, nunca llegó a su destino. Fue buscado en el bosque por aldeanos y monteros y en el convento se levantaron hasta las lápidas de la iglesia. Nunca más se supo de él.
El cura y el Señor sufrieron fuertes ataques de pánico que los llevaron a refugiarse en la oración. El cura ya nunca traspasó la puerta del monasterio y el Señor, horrorizado, creyó haber sido víctima de un hechizo, pues lejos de desear la belleza de la niña, esta le parecía fea cuando volvió a verla llevando la cesta de las hortalizas.
Sí, hizo cumplir la voluntad de su administrador haciendo que se celebrase la boda de aquella hija, a la que al no ser partícipe de la herencia del padre por su condición de hija natural, dotó con generosidad.
Aprobó la boda con el caballero que su administrador había dispuesto. Que, sin duda, la amará y la hará feliz, pues desde el primer momento quedó prendado de los ojos bellísimos e increíblemente claros de su adolescente esposa.
Todo lo demás siguió su rutina.
En el convento: Maitines…Laúdes….Prima.
En la granja: El canto del gallo. Ese amago de luz que aumenta despacio.
La puerta que se abre y una forma apenas visible que se desliza sin pasos; rápida; irreconocible. Solo los perros, atentos, sensibles, hambrientos, inconscientes, veloces como rayos, acuden en tropel a un punto donde una cazuela humeante ha sido depositada en el suelo. Cuando el ojo divisa el objeto a través de la neblina, los perros ya comen ruidosamente, y un golpe seco de la puerta se ha tragado la sombra sin pasos y la luz que por un momento proyectaba el interior de la casa
En la atmósfera húmeda, los chasquidos y sonidos guturales de los animales, que calman sus estómagos hambrientos.
Nada más.

1 comentarios:
ME HA GUSTADO MUCHO.
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